Desde 1984, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud como un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solo como la ausencia de enfermedad o dolencia.

La salud en Honduras
Los hospitales públicos sufren una falta crónica de material sanitario, medicamentos básicos y retrasos en el pago de los sueldos, lo que provoca protestas sindicales constantes.
El sistema está fragmentado. La Secretaría de Salud (SESAL) da cobertura al 60 % de la población, el Instituto Hondureño de Seguridad Social (IHSS) al 12 %, y un porcentaje importante de hondureños se enfrenta a dificultades para acceder a la atención sanitaria o tiene que recurrir al sector privado. Hay un retraso histórico en la construcción de hospitales y la capacidad asistencial está desbordada.
Las principales causas de muerte son las enfermedades cardiovasculares (alrededor del 29 %), los tumores malignos (22 %), la diabetes y la cirrosis. El dengue, la malaria y el Chagas siguen siendo endémicos y suponen amenazas recurrentes, sobre todo en las temporadas de lluvias. La tuberculosis sigue teniendo una alta incidencia, y afecta sobre todo a los departamentos de Cortés, Francisco Morazán y Atlántida. La desnutrición crónica y la falta de hierro afectan gravemente a un alto porcentaje de los niños hondureños.

Aunque vivimos en la «era de la información» y hay muchos avances tecnológicos, la situación sanitaria sigue siendo alarmante en Honduras. La modernización se concentra en las zonas urbanas, lo que deja pocos o ningún recurso para las zonas rurales.
Zonas rurales en las que los vecinos tienen que recorrer entre 30 minutos y varias horas, ya sea a pie o en transporte público, para llegar a un centro de salud y recibir atención médica; algunas familias rurales, al no tener dinero para acudir a una cita médica, prefieren aguantar el dolor, aunque sea insoportable.
La realidad de las familias rurales
En algunas familias del campo, se considera «normal» que sus hijas, de entre 9 y 12 años, se casen con un hombre y se vayan a vivir con él, aunque las maltraten, ya que así hay una boca menos que alimentar y cuidar en casa, sobre todo en familias con cuatro o más hijos.
Uno de los mayores retos es cambiar la mentalidad de las personas que dan por normales las situaciones de vulnerabilidad que se dan dentro de la familia, lo que afecta a la salud mental de los niños, ya que crecen viendo actitudes y actos de maltrato físico, verbal y económico que, si no se interviene, acabarían repitiéndose en sus propios hogares, esta vez no como víctimas, sino como agresores.
Tengo que tener cuidado de que no me hagan fotos porque los malos podrían encontrarme y hacerme daño.
Niño en acogida residencial.
¿Qué se puede hacer?
Se necesitan medidas directas e indirectas para cambiar la mentalidad y la realidad de las generaciones actuales, con vistas a un futuro mejor. NPH Honduras actúa a través de los programas de empoderamiento juvenil «Chicas Poderosas» y «Hombres de Honor», que fomentan los valores y la autoestima entre los niños y niñas de las comunidades cercanas a Rancho Santa Fe, el Centro Familiar San Francisco de Asís y el Centro Familiar San José.
Además, hay brigadas médicas, estimulación temprana para los bebés que la necesiten, clases particulares, alimentación saludable y atención residencial (en Rancho Santa Fe) en un ambiente seguro y fraternal donde puedan dar un giro a su vida y cambiar el camino que sus padres repitieron tras el de sus abuelos.
Esta es la primera brigada médica que viene a Talanga en ocho años; aquí hace mucha falta… ¿No traen algo para los parásitos?
Una madre de la brigada médica de Talanga.
Romper el círculo vicioso no es fácil, pero tampoco es imposible si hay gente dispuesta a cambiar su realidad cogiéndose de la mano de quienes les muestran el camino hacia un nuevo futuro lleno de esperanza; esto es lo que caracteriza a Casa Mi Esperanza, donde los niños que llegan no se quedan igual que antes.
Cuando te enteras de la alarmante situación de salud física, mental y social que viven la mayoría de los hondureños de las zonas rurales —por ejemplo, que los niños menores de 15 años son el grupo más afectado por el dengue —, lo primero que se te viene a la cabeza es: «¿qué puedo hacer yo?».
Cuando conocemos el contexto social de las familias de las zonas rurales de aquella época, nos damos cuenta de que lo primero que hay que cuidar es la salud mental, para que tanto los niños como los adultos sean conscientes de la importancia de la salud, tanto a la hora de recibir una atención sanitaria de calidad como de contribuir a que este derecho humano sea accesible para todos en todas partes.
La pregunta es: ¿seguiremos limitándonos a leer las noticias o tomaremos medidas para mejorar el futuro de quienes no tienen los recursos para hacerlo por sí mismos?








