Educar con amor: Una vocación convertida en servicio

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Durante más de una década, Sandra Hernández ha dedicado su vida al cuidado de los niños como profesora de educación infantil en Nuestros Pequeños Hermanos (NPH) El Salvador. Allí, su trabajo va más allá de la enseñanza: se trata de guiar, cuidar e infundir esperanza en cada etapa del desarrollo de los niños.

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VOCACIÓN Y CAMINO EN LA EDUCACIÓN

Mi nombre es Sandra Hernández. Soy profesora de Educación Parvularia. Llegué a NPH en junio de 2012 motivada por mi vocación de servicio y mi deseo de trabajar con la niñez, convencida de la importancia de acompañarla en sus primeras etapas de formación y aprendizaje. 

Para mí, ser maestra significa la posibilidad de guiar e instruir con amor, paciencia y dedicación. Es una profesión que me permite aportar al desarrollo integral y dejar una huella positiva en cada niño y niña. 

A lo largo de mi vida, he tenido muchos momentos que han marcado profundamente mi corazón y que confirmaron mi decisión de optar por la enseñanza, sobre todo, al ver cómo la primera infancia crece y se desarrolla con el acompañamiento adecuado. El contacto diario con los niños, su aprecio, su alegría, sus avances, sus pequeños logros y gestos me recuerdan diariamente que la Educación Parvularia es lo que amo y a través de lo cual puedo ayudar a quienes más lo necesitan. 

EDUCAR EN UN ENTORNO QUE FORMA PERSONAS

Desde mi perspectiva, el ambiente que se vive en la escuela de NPH El Salvador es muy positivo y acogedor. Se caracteriza por el respeto, la solidaridad y el trabajo en equipo, y se prioriza el bienestar y la formación en valores. Es un espacio lleno de afecto y oportunidades, que permite a los estudiantes potenciar sus capacidades, fortalecer su autoestima y encaminarse a un futuro mejor. 

Creo que la principal diferencia entre NPH y otros contextos educativos es el enfoque humano que la institución ofrece, reforzando el sentido de familia. Esto hace que la carrera docente tenga un significado más profundo, ya que se basa en el servicio, el amor, el respeto, la solidaridad y la seguridad. 

Y eso es lo que más trato de reflejar como maestra, pues siempre busco asistir con cariño, proporcionar soporte emocional y académico, y fomentar un ambiente de convivencia donde se valoren la dignidad y la integridad. Al mismo tiempo, estar con los niños, niñas y jóvenes de NPH me ha hecho ver la vida con sencillez, ser más comprensiva y obrar con el corazón. 

UNA MISIÓN QUE TRANSFORMA VIDAS

Lo que me ha motivado a permanecer fiel a esta misión durante tantos años es mi vocación y pasión por la educación. Ver cómo los niños aprenden y progresan me llena de dicha y me impulsa a seguir dando lo mejor de mí. Trabajar en NPH me permite contribuir a un propósito más grande, brindando respaldo y oportunidades a quienes más lo necesitan, lo cual me hace perseverar cada día. 

Si tuviera que resumir mi experiencia en NPH, en una palabra, sería “servicio”, porque todo mi trabajo está orientado a apoyar a los niños con entrega y esmero. En NPH he comprobado que servir es una manera de cambiar vidas y construir un futuro mejor. 

A otras personas que están considerando dedicarse a la educación o a la labor social, les diría que es una decisión hermosa y transformadora. No solo se enseña, sino que se acompaña, se escucha y se construye esperanza. Es una profesión que exige paciencia, amor y constancia, pero que también da una satisfacción profunda al ver que los niños y jóvenes logran sus sueños. 

Finalmente, ser parte de la familia NPH significa para mí un profundo orgullo y compromiso. Me siento agradecida de pertenecer a un lugar donde se procura el bienestar de todos. Ser parte de esta comunidad me alienta a seguir adelante, con responsabilidad, porque sé que mi labor contribuye a mejorar la sociedad. 

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